Un instante bastó para que Facundo Gareca no engrosara la voluminosa lista de jales nefastos que Alianza Lima llena año tras año con una entrañable persistencia hacia el error; la coherencia en el yerro, dirían algunos. Pero ese era un día de clásico y era también el día de Gareca. El año: 1998. Con un tiro libre, sentenció una victoria blanquiazul sobre Universitario. Balonazos al cielo, arrítmicos quiebres, cabezazos hacia la nada; todo se olvidó. Para los hinchas victorianos, fue más que suficiente.






