Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.comUn 25 de mayo de hace diez años, Liverpool le dio al planeta fútbol una lección magistral de por qué un partido jamás debe darse por perdido. Su legendaria remontada ante el Milan en la final de Champions League es tan significativa que está grabada en la memoria hasta de quienes no la vieron.

Como pocas veces en esta página web, tomaré la licencia de escribir en primera persona. Quiero transmitirles la que considero fue una de las pocas veces que le fallé al fútbol y este me devolvió un cachetazo.

En mi Universidad, la Champions era un rito. Tiempos de Cafeta y un solo televisor de 32 pulgadas, de caja ancha, alrededor del cual se agolpaba toda la gente que sabía, decía sabe|r, pretendía aprender y decididamente no sabía de fútbol. Y a los que no les interesaba, también. Hasta la chica de lentes gruesos que estudiaba para su práctica de Contabilidad II de las 17:30 hacía la pausa y se resignaba a que durante esas dos horas, allí al menos, no podría concentrarse en lo absoluto.

Jamás me ha gustado ver fútbol con tanta gente haciendo bulla alrededor, pero esa tarde me senté con todo el mundo a mirar al Liverpool ganarle al Milan. Sí: confieso que no solo era un pálpito sino también un deseo. Sucede que de niño crecí viendo a los rossoneri ganarlo todo, con ese trío holandés invencible que podía admirar pero que por alguna razón me fastidiaba que ese equipo siempre fuera el triunfador. Y por eso jamás, en largos torneos de Winning Eleven -nombre de la época- acepté usar al equipo que entonces dirigía Carlo Ancelotti.


Pero la realidad me comenzó a cachetear al minuto. Maldini, un sobreviviente de mis pesadillas infantiles, puso el primero a contrapié. Estaba muy claro cuál equipo era más y uno de mis goleadores favoritos, pero ese día con la divisa contraria de mis intereses, puso el 2-0: allí, en el área, de nueve, Crespo era infalible. Pero lo peor estaba por venir. El propio 'Valdanito', tras un pase de Kaká que sobró de modo infantil a Carragher, quedó libre ante Dudek, lo pasó como un poste y puso el tercero. No narraba Walter Nelson, pero el "partido li-qui-da-do" resonaba en mi mente con claridad.

Me puse de mal humor. Repito: no era ni soy fan del Liverpool, pero reconozco abiertamente y con sumo y franco respeto por sus hinchas que quería que el Milan perdiera. Y eso ya no iba a ocurrir. No había almorzado, así que estaba aún más fastidiado. Apenas pitado el final del primer tiempo, recuerdo haber cruzado a modo de tromba la pista que separa la puerta de mi Universidad del único kiosko de los alrededores a ver si me compraba algo, pero no lo hice. Sucede que ese kiosko quedaba delante del Centro de Investigación, y allí estaba trabajando ese día M. Decidí buscarla: usar el entretiempo para verla era la mejor manera de divertirme un poco esa tarde infeliz.

Entré a la oficina en la que ella estaba con la firme decisión de quedarme diez minutos. No recuerdo qué hablamos: solo que cuando miré el reloj por primera vez habían pasado veinte y el "huevón, es la final de la Champions" resonó más fuerte en mi mente que si lo hubiera dicho Walter Nelson. Como yo, M no había almorzado; pero saqué todas las fuerzas de la flaqueza que no tenía para decirle que era mejor que nos viéramos más tarde. Lo otro que recuerdo es su cara diciéndome "pero en la noche no voy a poder", y un rápido cálculo mental de que yo solo me estaba haciendo un nuevo 3-0 encima de otro. "Es la final de la Champions": palabra mayor. Le dije chau a M y al cruzar la pista de vuelta a la Cafetería, el reloj me decía que el partido debía andar por el minuto 15 del segundo tiempo. Lo suficiente para que no hubiera pasado nada.


De lo que vino después, recuerdo aún menos y más a modo de chispazos. Primero, que pensé que había perdido la noción del tiempo. Segundo, que me sentí tan teletransportado a una dimensión paralela que salí de la Cafetería y me fui a sentar al restaurante del costado para ver si la pantalla de su televisor decía lo mismo en el extremo superior izquierdo. Tercero, que me escondí un poco en una silla alejada de la puerta para que M no me viera si pasaba por delante. Y cuarto, que almorcé allí mientras pensaba en lo que había leído de niño sobre la tragedia de Heysel y cómo sus secuelas habían impedido que un equipo de gallarda fama, brillante juego y divisa red pudiera extender sus logros locales a un predominio europeo mayúsculo, justo ante ese Milan al que yo había visto ganar todo y ahora veía, en las manos de Dudek en los penales, perderlo todo.

Diez años después de eso, hasta Lego conmemora el llamado 'Milagro de Estambul' con un video en el que un Gerrard de cabecita amarilla se eleva para encender la luz de esperanza; allí puedo observar con nítida claridad, de hecho, los tres goles que me perdí en 2005. Diez años después, justo un día como hoy, Ancelotti, después de ganar lo que todos querían con el Real Madrid, deja su cargo para cedérselo presumiblemente a Rafa Benítez, su verdugo en aquella noche turca. Diez años después, reflexiono que hace mucho no salgo a comer con M, pero que ahora la experiencia me dice que quince minutos bien jugados pueden remontar hasta el partido más adverso. Diez años después, tengo muy claro que al fútbol nunca hay que subestimarlo, y al Liverpool menos todavía. Porque solo está perdido quien no quiere ganar.

Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.com
Video: Youtube: usuarios Mark McBeth y QuackingProductionCo


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