Ilustración: Lenin Auris / DeChalaca.com 

Ganar la Copa América en casa ha sido siempre una obligación para Brasil. También lo es que el astro que brille en ese logro sea un producto del único torneo que importa por esos lares: el Brasileirao. Éverton Sousa Soares (Maracanaú, 22 de marzo de 1996) y su desenfadada magia se encargaron de honrar la tradición.

Porque, vamos, ¿quién podía dudar sensatamente de que Brasil podría dejar de responder a la historia con un título en casa? Lo que está en discusión en circunstancias así pasa por los matices: Neymar afuera, y en medio de cuestionamientos de la torcida que ve en él a un ídolo edulcorado, europeizado, demasiado millennial para un fútbol de pies descalzos sobre arena. Ese es el carácter del Brasileirao que Everton, desde su primera entrada desde el banco para apropiarse de un extremo izquierdo que se suponía estaba destinado al promocionado David Neres, imprimió como sello aplaudible.

Y así se ganó el lugar el 'Cebolinha' del Gremio, su único club de toda la vida. Sí, así como Pelé solo era de Santos o Zico del Flamengo, ¿se acuerdan? Fútbol de otros tiempos, de fidelidades, alejado de transacciones y pases que se especulan todas las semanas y jamás se concretan. Porque para Éverton solo hay tiempo de amagar, pisarla, correr y nuevamente amagar. Y encantar. Como en toda esa recta final de Copa América en la que su coleta maravilló al continente. Y tras la que se habló tanto de su transferencia que se quedó jugando en Gremio, porque es de allí, ¿cierto?

Ilustración: Lenin Auris / DeChalaca.com


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