De cómo Perú evocó ante Ecuador, con poco y a la vez con mucho, una noche típica de la recordada selección de que se quedó el camino a Francia 1998.
    Roberto Castro | @rcastrolizarbe
    Director General

No fue por la música, que más bien remitió a recuerdos del último fin de semana. Tampoco por el estadio, que magnífico e iluminado despertaba en todos los ecuatorianos presentes el deseo de sacarse selfies por doquier más allá del resultado. Ni siquiera por el rival, que aun fuerte y consolidado como una de las selecciones candidatas a ir al Mundial, careció de un conductor tipo Aguinaga no por lo rubicundo, sino por lo mañoso e inteligente para aprovechar las falencias del rival.

No fue por todo eso que Perú se pareció al de los noventa esta noche de martes. Fue porque sin necesidad de jugar de maravillas, sin que le sobraran recursos y más bien apelando a cuotas extras de coraje, consiguió lo más importante que hay en el fútbol: ganar. Y a un rival difícil.

El ambiente de la hora previa hizo acordar mucho al que rodeaba algunos encuentros de esa Eliminatoria rumbo a Francia 1998 que hoy se evoca con nostalgia de magnificiente recuerdo pero que, en su momento, estuvo rodeada también de verborreas malsanas y vibraciones negativas. De insanos deseos de quienes viven esperando que a la selección le vaya mal para tener de qué rajar, de qué quejarse, qué nuevo titular ruin vender. Por eso, también, ganar fue no solo un desahogo sino una prueba ácida: una para demostrar cuánta gente es capaz de subirse al carro del triunfo solo una vez que este último llega.

El triunfo peruano sobre Ecuador hizo recordar a los de las Eliminatorias rumbo a Francia 1998. (Foto: Pedro Monteverde / DeChalaca.com)Por eso, si el lector es uno que no vivió aquella campaña del bienio 1996-1997, sepa que se pareció mucho a partidos como el de anoche. Con poca capacidad de variantes, de nombres para escoger y mucho temor inmediato de apostar por alguno que otro futbolista cuya respuesta sería una incógnita. Como pasó con Araujo, típica emergencia que en aquel proceso de Juan Carlos Oblitas fue una situación constante. Con gente que se consolidó como líder en el camino, como ahora ocurre con un Cueva sorprendentemente maduro en términos futbolísticos. Con el intento de progresar y ser mejores en cada partido, pero con el objetivo del resultado -que no es cancelatorio para lo anterior- como bandera por delante.

Sin duda habrá preferencias al respecto, y cada cual, según su manera de ver el fútbol, valorará un poco más o un poco menos un triunfo que, en cualesquiera de los casos, es indiscutiblemente valioso para una selección que busque clasificar, o competir o simplemente ser feliz una noche. Para quienes, en particular, aprendimos a entender el fútbol peruano desde una mirada de cariño a la selección ciego por lo oblitista, la de ayer es una noche muy nuestra. Muy de lograr mucho con poco.

Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.com
Foto: Pedro Monteverde / DeChalaca.com


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