Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.comY los galones también. La Francia de Didier Deschamps, mariscal con experiencia para revertir el curso de un partido que le era tácticamente adverso, le ganó a Bélgica una pareja semifinal que solo pudo definir el cabezazo de Umititi. Los de Roberto Martínez se toparon con un sistema defensivo brillante que pone a los galos a 90 minutos de su segundo título mundial.

    Roberto Castro | @rcastrolizarbe
    Director General

Enviado especial a San Petersburgo

Diez de julio de 2018, estadio Krestovski, a orillas del Golfo de Finlandia. Día y lugar de una cita importante. La del fútbol belga con la historia. La de la historia de Bélgica con el fútbol.

País fragmentado si lo hay, por las miradas recelosas entre sus dos grandes regiones. La Valonia francófona, con 32% de la población y un desempleo que supera el 15% de la población; y por otro lado el Flandes germanófono, con el 57% de los habitantes y una proporción similar del PBI. Al medio Bruselas, la pluricultural capital sede de la Unión Europea que en los últimos días, a decir de diversas publicaciones locales, lució un nivel de embanderamiento que no se veía desde la II Guerra Mundial.

En el campo el equipo de Roberto Martínez, quien habla español pero se dirige a sus jugadores no en francés ni en alemán, sino en inglés. De la tribuna Sur del Krestovski baja no un "Belgique, Belgique" ni un "Belgie, Belgie", sino un "Belgium" sonoro de un coro de siete mil voces unidas bajo el rojo y el amarillo. Es la unidad de un equipo que no propone el 3-4-2-1 con que se hizo conocido en esta Copa del Mundo ni el 3-línea-3 con que derrotó a Brasil, sino un atrevido 3-2-4-1 pensado para neutralizar al rival, al vecino.

 

Del otro lado del campo, del territorio, está Francia. Lo raro es que no la están mirando de norte a sur, sino de Sur a Norte. Y no se están dejando influir por su cultura, como los valones, sino que más bien le están lanzando algunos balones. Hacia el arco de Hugo Lloris, quien comienza a erigirse como figura. Eden Hazard está completamente tirado por izquierda y le gana la banda a Benjamin Pavard; Nacer Chadli se ubica cambiado de banda, por derecha, y alimenta a un Marouane Fellaini que se mete ambiciosamente por el centro de la zaga gala.

Domina Bélgica a Francia, como pocas veces en la historia. Como no ocurrió en 1986, en el Cuauhtémoc de Puebla, cuando tras un gol inicial de ese excelso volante llamado Jan Ceulemans los del gallito tomaron el control del juego por el tercer lugar y, pese a tener que forzar un suplementario, acabaron ganando 4-2. Hay sed de revancha en un equipo que no es de Romelu Lukaku y compañía, ni de Kevin De Bruyne y compañía o del propio mago Hazard y compañía; es un colectivo llamado a hacer historia, aquí y ahora.

Por eso De Bruyne tapa la subida de Blaise Matuidi, el silencioso arquetipo del desdoblamiento francés, y así impide que ese 4-3-3 que todo el Mundial se convirtió durante los partidos en un 4-trapecio-2 sin mayor esfuerzo esta vez no logre efectuar ese movimiento dinámico. Por eso la inclusión de Moussa Dembelé sirve para conformar una escalera con Jan Vertonghen y el propio Fellaini y así tener controladísima la diagonal mortífera de Kylian Mbappé, quien se ve obligado a refugiarse en la raya derecha del campo.

 

Pero en el fútbol siempre hay espacio para un factor disruptivo. El que quiso acaso tener Martínez con la inesperada titularidad de su Dembelé -el otro, Ousmane, el francés, parece estar condenado al banco en este Mundial-. El que sí consigue tener el rival con un recurso que este Mundial ha visto repetirse con frecuencia: el cabezazo inesperado del defensa central. Escasos han sido los focos en esta Copa del Mundo sobre Samuel Umtiti, el cuarto zaguero de la Francia de Deschamps, el hombre que sobra en esa defensa. El que no sobra para ganarle la posición a Fellaini y batir de peineta a Thibaut Courtois. Sonríe Didier, porque si el adversario tiene en el banquillo a su excompañero Thierry Henry, el temible 'Tití', él tiene a Umtiti.

Sí: de pronto, en línea con el cambio de canchas, Bélgica vuelve a mirar a Francia de Norte a Sur. La ataca, la invade; tira al campo a Dries Mertens y conforma una línea de cinco volantes delante de Axel Witsel y detrás de Lukaku, dispuesta a convertir en centro todo aquel esférico que llegue al campo francés. Pero los balones -con b labial- son todos galos.

Y lo son porque -este- día se escribe con "d". La letra de Didier, la letra de Deschamps. La del domingo que viene y en el que la cita con la historia, más bien, es de la Francia que vuelve a soñar con un título mundial de la mano del mismo líder de hace dos décadas. Ya no con banda en el antebrazo sino detrás del resto de la banda, de la de Mbappé y sus amigos esos a los que les lanza un taconazo de nivel genio para que conviertan el segundo tanto. De la de Antoine Griezmann y su capacidad de pasearse por los campos de Rusia como si fueran los Eliseos, gravitando sin pelota tanto como con ella.

 

Es la Francia del entrenador que, superado en lo táctico por una lumbrera del pizarrón como ha revelado ser Martínez, sabe -porque es un galo al que le sobran galones- que un solo movimiento puede bastar para desbaratar una magnífica idea rival. Si el DT español le ha impedido desarrollar la transición dinámica entre esquemas de otros partidos, pues ahora Deschamps puede arruinarle la búsqueda de los cabezazos de Lukaku o de Fellaini o de los remates de De Bruyne o de Witsel con un solo movimiento. Y ese es retroceder a Paul Pogba en cada arremetida roja para así cerrar con cinco hombres. Queda libre Varane -porque Umtiti, está dicho, ya no está para sobrar-. Siempre sobra uno y no está de más; siempre Francia tiene uno más que Bélgica.

Del resto, de atracar, se encarga ese monstruo de la destrucción a partir de la construcción llamado Ngolo Kanté. Que lo recorre todo y da ese primer pase que, tras el bloqueo sistemático a Matuidi, alguien necesitaba dar. El pase que Deschamps daba en sus tiempos de jugador. El que no puede dar Witsel, abocado ya al ataque alocado, ni tampoco Dries Mertens o Yannick Ferreira Carrasco cuando ingresan en filas belgas.

Pita el final Andrés Cunha, pifiado sonoramente por el Krestovski por no cobrar una falta de Olivier Giroud a Hazard -todo lo que no lo pifiaron hace dos años en Foxborough por validar un gol con el muslo de Raúl Ruidíaz previa mano-, y ondean banderas tricolores. Adil Rami y Djibril Sidibé, que casi no han sumado minutos en esta Copa del Mundo, son los más locos del delirio con un bailoteo infernal delante del arco Norte tomado por los galos. ¿Y por qué no tienen derecho, si a esa hora ese es el Arco del Triunfo bajo el que celebran 66 millones de gallitos que dan pelea?

 

Más bien hacia el arco Sur, hacia ese lado de Bélgica donde predominan esos valones que a esta hora comparten un doloroso abrazo con los flamencos, están más bien la amargura y el aplauso resignado de Courtois y Vincent Kompany en reconocimiento a los siete mil hombres de rojo que llegaron al Krestovski a respaldar ese proyecto de unidad. No hay lágrimas pero sí desconsuelo: los balones en San Petersburgo se han teñido de rojo, azul y blanco. Y rebotan al compás de La Marsellesa, rodando con destino a Moscú.

El Resumen

  

Los Goles

Fotos: FIFA


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La ficha del Francia 1 - Bélgica 0

 

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