Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.comSuperhombres: Danijel Subašić y Kasper Schmeichel acudieron al rescate de un partido muy discreto entre Croacia y Dinamarca, incapaces de romper en 120 minutos un madrugador 1-1. En la tanda de penales, el portero croata atajó uno más que el danés y le dio a su selección alas para creer que repetir la hazaña de 1998 es posible.

    Roberto Castro | @rcastrolizarbe
    Director General

Enviado especial a Nizhny Novgorod

El estadio mundialista de Nizhny-Nóvgorod, a diferencia de todos los demás de la Copa del Mundo 2018, no tiene nombre de pila. Sin embargo, puede jactarse de mirar directamente al Volga, el gran río ruso, en la confluencia misma con el Oká, otro de los afluentes más importantes de este óblast. Pero además, es el único estadio del certamen resguardado por delante por una catedral: la fastuosa iglesia de Alejandro Névski, santo ortodoxo y príncipe de Novgórod, quien en el siglo XIII fue gran vencedor de suecos y teutones y luego consiguió que la ciudad coexistiera en paz con los temibles mongoles.

Lo anterior puede ser tomado como metáfora de lo ocurrido sobre el césped nizhniano, allí donde los guardianes estuvieron a la orden de la discreta noche. De un lado, un rubicundo de apellido ilustre y guantes heredados para atajar penales y en general tapar la vida: Kasper Schmeichel. Del otro, un balcánico de pelo corto y barba incipiente, pero dos centímetros más alto que su homólogo: el 1.91 de Danijel Subašić.

Sí: un partido para el olvido en muchos contextos, desde el tibio marco exterior -tribunas más pobladas de argentinos e inclusive peruanos, quienes tenían entradas a la espera de que sus equipos llegaran a esa llave, que de croatas o daneses- hasta la neutralización táctica mutua que se hicieron Zlatko Dalić y Åge Hareide, fue salvado por dos porteros monumentales. Cuyas actuaciones fueron in crescendo en la medida en que el encuentro pasó del intento elaborado de llegar al arco -y la carambola conjunta que había decretado el empate parcial a uno más rápido de la historia de los mundiales- a un solo de remates desde lejos que siempre encontraron bien situados a los dos porteros: sobrios, sólidos y seguros, como la “S” que comparten como inicial de sus respectivos apellidos.

 

A ambos los une, además, una retrospectiva hacia sus ancestros que es indesligable de sus magníficas actuaciones en este encuentro. Schmeichel se había quejado con ironía vía Twitter hace algunos días de que en conferencia de prensa en pleno Mundial recibió hasta cuatro preguntas consecutivas acerca de su padre -el legendario Peter, ídolo del Manchester United y coloso de su selección- y cero de su presente. Cargar con una herencia no siempre es sencillo y, de hecho, pone la valla más alta eso de ser “el hijo de”, máxime en el mismo puesto.

Por eso, al minuto 113, la televisión internacional se dio un banquete con el gesto emocionado de don Peter Schmeichel en el palco de honor de Nizhny-Novgórod. Puño en alto, como en la tarde de Göteborg en 1992 o la noche de Barcelona en 1999: porque bien dicen que no hay para un padre mayor satisfacción posible que ver a su hijo igualarlo o superarlo. Kasper voló hacia la izquierda, con instinto y astucia, y le adivinó el remate desde los doce pasos a Luka Modrić. El astro del Real Madrid le había puesto un pase como con la mano a Ante Rebić para que el extremo rompiera la monotonía del encuentro y lo definiera a la carrera, pero bien achicado por Schmeichel e irresoluto como él solo, acabó trabado por Mathias Jørgensen en una de esas faltas de último recurso que para la International Board ya no ameritan tarjeta roja y por tanto derivó en el penal, en este caso, salvador para Dinamarca.

De hecho estaba Kasper Schmeichel llamado a ser quien pasara a la posteridad para esta crónica y para un país que calculadamente, como promueve la idea del noruego Hareide, se puso a tiro de los cuartos de final. Porque tenía un arquerazo para la tanda de penales y porque de hecho ese golero de abolengo atajó en ella dos disparos -a los ingresantes Milan Badelj y Josip Pivarić- que sugirieron otro desenlace.

 

Pero en el pórtico del frente estaba otro hombre con retrospectiva de vida. Danijel Subašić nació en Zadar, un hermoso balneario croata que fuera la casa de los italianos de la Dalmacia hasta que por orden de Josip Tito acabara arrasada por bombardeos hacia el final de la II Guerra Mundial. Por eso el resentimiento predomina en muchos lugareños, sobre todo hacia quienes, como la familia Subašić, fueron pobladores de etnia serbia que llegaron a establecerse en la zona.

Subašić se enamoró en la adolescencia de Antonije Bozza, su compañera de toda la vida. Ella jamás lo dejó, incluso a costa de ser salvajemente apaleada en 2007 por su propio padre, ultranacionalista croata que no aprobaba su relación con el joven portero y acabó detenido por tal abuso doméstico. Antonije acompañó a Danijel a Mónaco, donde él se consagró como gran figura luego de haber emergido en el FK Zadar y acabó volviéndose amigo personal del príncipe Alberto. Allí fortalecieron su amor y el año pasado pudieron, por fin, contraer nupcias.

La vida de Subašić, por supuesto, es más que solo tres penales atajados a la vera del Volga que le han dado nombradía global. Pero los hechos que la marcaron estaban allí, extendidos sobre el césped nizhniano en los tiros contenidos a Christian Eriksen, Lasse Schøne y Nicolai Jørgensen; porque debajo de su camiseta celeste estaba un polo con el rostro de Hrvoje Ćustić, amigo y compañero de sus inicios en el FK Zadar quien hace una década falleció en el campo de juego tras estrellarse la cabeza contra un muro de hormigón ubicado junto a la línea de cal.

 

Predicaba don Emilio que un partido flojo o malo no constituye excusa para una crónica similar; que, por el contrario, del peor partido puede surgir el mejor texto. Esta vez, por encima del interesante 4-3-2-1 de Dalić -con laterales adelantados y Rakitić y Modrić  retrocediendo como zagueros centrales a ratos- y el 4-3-3 de Hareide que quiso camuflar como ofensivo un esquema en realidad orientado a no dejar jugar, se impuso el protagonismo de los seres humanos. De dos hombres debajo de cuyos guantes de arquero se escondieron nudillos de la vida de esos que solo es posible descubrir bajo tres maderos resguardados por una catedral rusa cuyas cúpulas doradas saludan, silentes, la primera clasificación croata a cuartos de final en dos décadas de Copa del Mundo.

El Resumen

Los Goles

Los Penales

Fotos: FIFA


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La ficha del Croacia 1 (3) - Dinamarca 1 (2)

 

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