Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.comLa Francia de Deschamps se salió con la suya. En aplicación directa del libreto diseñado por su técnico, basado en la fuerza y la potencia desde la convocatoria misma, arrolló a una Croacia guerrera que jamás dejó de poner cara y cuerpo en una lucha frontal. Una de las finales más intensas de la historia de la Copa del Mundo se resolvió con un 4-2 para el recuerdo.

    Roberto Castro | @rcastrolizarbe
    Director General

Enviado especial a Moscú

Un partido de fútbol puede encararse de diversas maneras, pero las dos más típicas son el ataque a mansalva o el cálculo estratégico. Casi como en la lucha libre o el ajedrez. Y conocen tanto de este último deporte las historias de Francia y Croacia que había razones sobradas, más tratándose de una final de Copa del Mundo, para presumir que sobre el césped del Luzhniki se desarrollaría un juego delineado a partir de finos planteamientos.

Saben los vatreni de ajedrez, qué duda cabe. Porque si su camiseta simula un tablero es porque su escudo de armas es así; y la razón por la cual surgió tal emblema obedece a una leyenda relacionada con el rey Stepjan Držislav, quien gobernó Croacia entre los años 969 y 997. Un año antes de su muerte, el reino croata había ingresado en una disputa con el ducado de Venecia después de un siglo de paz, por la negativa del duque Pietro Orseolo a pagar impuestos al comercio marítimo. Luego de algunas hostilidades, el rey y el duque acordaron una manera más práctica de resolver el conflicto: ya que a ambos les gustaba el ajedrez, jugarían tres partidas cuyo vencedor tomaría posesión del espacio marítimo y las islas aledañas. Stepjan I no dio margen a dudas: ganó las tres y por eso quedó perennizado el šah, como se llama al deporte de los trebejos en idioma croata, en la identidad del país.

A los galos, por su parte, el ajedrez les evoca nada menos que a Napoleón Bonaparte, de quien por verdad histórica o mito se dice que era un aficionado conspicuo a los trebejos. De hecho, se cuenta que durante su cautiverio en Santa Elena, su última morada, el tablero era su mejor compañero pues le permitía desarrollar su único pasatiempo. Incluso, en 1935 -más de un siglo luego de su muerte- llegó a encontrarse un juego de piezas que le había sido enviado con un plan de escape de la isla encriptado dentro. El tiempo no le alcanzó a Le Petit Caporal para ponerlo en práctica.

Moscú fue sede de una fiesta. La definición de la máxima fiesta futbolística. (Foto: FIFA) 

Pero si Napoleón había llegado a Santa Elena tenía que ver una cadena de yerros cuyo punto de partida, cuenta la historia universal, se sitúa en la fallida invasión de Rusia ocurrida en el año 1812. Se esgrime que, entre el desacierto de llevar a cabo el plan de conquista en invierno y la indecisión del emperador francés por atacar frontalmente al enemigo a la espera de una capitulación luego de que la Grande Armeé hubiera ocupado una desierta Moscú, la cual acabó abandonando tras un mes de improductiva estancia.

Didier Deschamps es cinco centímetros más alto que Napoleón, pero al ser ya parte de la historia de su país, la conocía bien. Antes de esta Copa del Mundo, se preparó para la incursión en Rusia con un plan basado en la fuerza y la potencia. Configuró una lista de futbolistas en la que quienes ofrecían más talento y menos explosión se quedaron en casa: Adrien Rabiot, Dimitri Payet, Alexandre Lacazette o Anthony Martial, por ejemplo.

Y por eso en la batalla final, el día D, ese domingo inscrito con la letra de las iniciales de su nombre y su apellido, el entrenador francés decidió arrasar. Sin conmiseraciones, y una jugada resume ese espíritu soldadesco. Minuto 59, salida francesa por izquierda. Paul Pogba no se anda con adornos y lanza un bombazo pero no al bulto, sino en forma de pase profundo, largo, de cambio de frente: uno que combina la fortaleza del Calcio con la precisión de la Premier League. Lo recibe Kylian Mbappé, ese bulldozer de los últimos 40 metros que encara, corre, elude y avanza a la velocidad de la luz y todo en un único movimiento de hombros: él se ocupa de los croatas que están en el camino y pone el balón en el área. Allí lo espera Antoine Griezmann, un principito del renacimiento francés que pone el toque de elegancia en la cuadrilla obreril, por lo que su rol con frac es acomodarla para que alguien más llegue a lanzar el balazo violento, a contrapique. Que puede no funcionar como ese estiletazo de Pogba que es contenido por la humanidad de Dejan Lovren, pero al que sucede otro misil todavía más mortífero, teledirigido al espacio entre el poste derecho de Danijel Subašić y la sombra del portero.

Paul Pogba celebra el gol que pone adelante a Francia sobre Croacia. (Foto: FIFA) 

Minuto 59: la acción que quebró para siempre la final de la Copa del Mundo 2018 y que definió a la Francia de Deschamps con etiqueta bleu de campeona indiscutible. Al frente cayó una pléyade guerrera que de ningún modo vendió barata la derrota. Porque los croatas, ante ese combate cuerpo a cuerpo planteado por el ejército galo, respondieron poniendo la piel y el alma. El partido de ajedrez que se quedara en el escudo; esto era lucha libre.

Así lo entendió Zlatko Dalić y por eso desde el inicio del encuentro respondió, como siempre, con agresividad. Se ponía arriba Francia con un cañonazo de Griezmann ayudado por la cresta de Mario Mandžukić, entonces había que retrucar con más guerra, con tropelía barbárica para llevar la pelota como fuera al arco de Hugo Lloris y esperar que alguien tuviera la lúcida calidad con que contó Ivan Perišić para embocar el esférico, cruzado y también a modo de misil, para lograr el empate.

Pero esta, aunque lo parezca, no es una crónica militar sino de fútbol. Porque en las batallas los héroes suelen ser tales y los villanos, cuales; en el fútbol, en este juego del hombre, más bien ocurre que los héroes pasan rápido a ser villanos y viceversa. Que la cuente Mandžukić, que había sido el emblema nacional croata tras su agónico gol a Inglaterra y esta vez la embocó en el arco propio; o que lo haga Perišić, que luego de ese estiletazo de espíritu balcánico acabó estirando la mano más de la cuenta y facilitó así el penal con que Griezmann la volvió a poner adentro, esta vez sin ayudas. O bueno, acaso con la ayuda del VAR; que como dijo Dalić tras el encuentro, dentro de la cancha es algo positivo para el equipo al que beneficia y negativo para aquel al que perjudica, pero en general es una innovación buena para el fútbol. Y mientras el reglamento siga dejando a discreción del árbitro la intención como criterio de cobro, será correcto que a quien la tenga despegada del cuerpo al tocar el balón se le marque penal en contra.

Antoine Griezmann aprovechó una sanción del VAR, cambió el penal por gol y se convirtió en la figura de la final. (Foto: FIFA) 

Croacia, está dicho, no iba a capitular. Es un equipo que proviene de un pueblo de raza esencialmente indomable, que puede irse tres veces a suplementario tras haber estado con el marcador en contra y acabará ganando. Es el Paraguay de Europa: ese equipo guerrero que hasta tiene los mismos tres colores que los guaraníes y por eso jamás se rinde. Pero esta vez, la exigencia de la batalla era mucho mayor; y eso conduce a pasarse de revoluciones.

Por eso, el equipo de Dalić se pareció en esta final mucho más al que jugó contra Perú en Miami en marzo que al que afrontó los partidos anteriores de la Copa del Mundo. No solo por lo táctico, con Ante Rebić y Perišić plantados como extremos netos en un 4-1-2-3 muy ofensivo y encarador para el cuerpo a cuerpo ante los franceses; también porque brindó esa pelea desbocadamente, con ímpetu antes que con raciocinio, y por tanto dejó espacios que pagó a muy alto precio con los cuatro goles franceses. Las posiciones de Šime Vrsaljko e Ivan Strinić, por ejemplo, volvieron a ser bastante adelantadas -más que contra Inglaterra-; pero al estar casi siempre con el marcador en contra, ni Luka Modrić ni Ivan Rakitić pudieron ejecutar el trabajo de cobertura que suelen desplegar cuando los laterales suben, y así obligaron a Marcelo Brozović a multiplicarse para acudir en auxilio de sus zagueros centrales.

El resultado fue que Croacia desprotegió el limbo entre el centro del campo y su primer cuarto de cancha. Con una aplanadora como la francesa en frente, eso es pecado capital, y de lo demás podría encargarse solo Mbappé con sentencias de muerte como la que -desde esa zona de la cancha, precisamente- dictó a los 65' con el último misil de la noche moscovita con rumbo al arco de Subašić.

El error de Hugo Lloris le dio vida a Croacia. Mario Mandzukic estuvo atento para descontar. (Foto: FIFA) 

El error de Lloris sirvió solo para que Mandžukić igualara a Ernie Brandts como único futbolista en la historia de los mundiales autor de un gol y un autogol en el mismo partido, y para que la final de Rusia 2018 no culminara en goleada pero sí fuera la que más tantos registró desde el Inglaterra 4 - Alemania Federal 2 de 1966, en aquel caso con 120 minutos de juego. Estadísticas, que las llaman, como esa que con el pitazo final de Néstor Pitana confirmó que Perú enfrentó al campeón cada vez que disputó una Copa del Mundo.

Más valioso para el recuerdo peruano, acaso, es tomar en cuenta que Deschamps dijo al final del partido -y después de ser bañado en champagne por sus soldados millennials- que el partido con Perú le fue muy duro y difícil, así como importante para una campaña en la que él siempre tuvo claro, a partir de su experiencia mundialista, que la etapa clave era la primera fase. Y que lo que sobreviene luego está casi autodeterminado por cuánta fortaleza haya conseguido construirse en los tres primeros partidos.

Lecciones valiosas de un Mundial maravilloso, de organización impecable y de ningún modo enturbiada por la invasión de campo que tuvo lugar por parte de activistas que pretendieron diseñar una protesta a través de la irrupción en el terreno del Luzhniki cuando se disputaba el segundo tiempo. A esta crónica -de fútbol- no le interesa analizar la legitimidad de los móviles de su acción; solo condenarla porque invadir la propiedad privada -y así interrumpir un evento que está siendo disfrutado por millones de personas- siempre estará mal.

Didier Deschamps y una nueva copa. (Foto: AFP) 

Un Mundial que ganó el mejor, y que consagró por segunda vez campeón del mundo a un país pero, strictu sensu, a una sola persona. Para hablar de fútbol diga día domingo, diga Didier Deschamps.

El Resumen

 

Los Goles

Fotos: FIFA


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La ficha del Francia 4 - Croacia 2

 

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