Ilustración: Lenin Auris / DeChalaca.com 

No es un hombre de goma, pero es elástico; además, se contorsiona con el balón, causa quiebres a los rivales y soporta golpes. A veces luce mostacho a la moda y otras se lo afeita; lo importante es que en cualquiera de sus versiones acaba siendo colosal figura, malabarista del balón, sencillamente desequilibrante.

Si Pelé brilla y a esta hora el mundo lo admira por ser el primer futbolista tres veces campeón del mundo, es porque en cada partido hacia la conquista del título de México 1970 ha tenido socios inclaudicables. Del Botafogo, al goleador Jairzinho; del Cruzeiro, al encomiable Tostão; del São Paulo, al cerebral Gerson; y del Corinthians, al mágico Roberto Rivelino (São Paulo, 1 de enero de 1946). Poseedor de notables atributos técnicos para el amague y, a la vez, de una Patada Atómica que lo hace adueñarse de los tiros libres.

Es curioso que en una final del mundo en la que participa el mejor jugador de este, un delantero de su mismo equipo y que ni siquiera logra anotar un gol en ese encuentro acabe erigiéndose como el mejor del campo. Pero ante Italia, Rivelino dejó tan en ficha a Giacinto Facchetti y compañía que su estela opacó todo lo que se le cruzó. Jornada consagratoria para un futbolista que a los 24 años de edad toca el cielo y que, posiblemente, termine siendo el principal heredero a largo plazo del legado que hoy 'O Rei' deja después de haber jugado su último Mundial.

Ilustración: Lenin Auris / DeChalaca.com


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