Foto: AFPRomário siempre quedará señalado como una leyenda brasileña a pesar de solo haber tenido relevancia en un Mundial. Su gran revancha personal en Estados Unidos 1994 comenzó con un gol ante Rusia en el debut.

 

O Baixinho’ es considerado en la tierra de la samba como uno de los jugadores que mejor maneja todos los registros en el área rival. A pesar de apenas llegar a los 168 centímetros, se lo tiene colocado en el podio de los grandes nueves que han vestido la verdeamarelha y que alguna vez han pisado una cancha. Su definición de punta ya quedó registrada y su capacidad de salir de espacios cortos también tiene la marca del terrible ‘Chapulín’.

El mexicano Juan Villoro señaló en su libro Dios es Redondo que Romário era el único delantero capaz de amagar con un movimiento del hombro. A pesar de toda esta aura mágica que lo rodeaba, su despegue con la selección brasileña demoró en llegar. Recién recibió la confianza para ser titular en 1994 cuando tenía 28 años; antes, en Italia 1990, tuvo que conformarse con ser suplente de Careca y Müller a pesar de haber demostrado mejor nivel que ellos desde que fuera la gran figura en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988.

Dicen que lo bueno se hace esperar y a Romário esa oportunidad le llegó el 20 de junio de 1994. Carlos Alberto Parreira depositó todas sus fichas en él para que, junto a Bebeto, comandara el ataque del equipo brasileño más pragmático y conservador que se había visto en los mundiales. Al frente estaba Rusia, cuya defensa no tenía muchos problemas en contener las estocadas de ‘O Baixinho’. Brasil tenía la posesión, pero era lento, metódico, sin explosión. Aun así, los rusos retrocedían conforme pasaban los minutos hasta que, pasados los 25', llegó un tiro de esquina.

 

 

 

Pocos esperaban que el primer gol de Romário llegara de una jugada que está destinada para los jugadores altos. Aquellos que se puede elevar por encima de sus rivales y clavar un cabezazo al fondo de la red. El centro de Bebeto tuvo otro destino. Cayó rápido, al corazón del área, donde Romário esperaba. El ‘Chapulín’ estiró la pierna, puso la punta del botín y, a tan poca distancia, fue suficiente para dejar sin reacción a Dmitri Kharin.

La rabia de años atrás fue desfogada en ese grito de gol insuflando el pecho. El resto de la historia la conocen todos. El ‘11’ brasileño comandó a la canarinha a su cuarto título Mundial. Las lesiones y su personalidad lo sacaron de Francia 1998 y Corea/Japón 2002; por eso, solo dejó su marca en 1994. Suficiente para quedar en la historia. Así son los grandes.

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El otro minuto 26: el gol de Pedro Rocha (Uruguay) a Francia en 1966

Foto: AFP

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