Foto: AFPUn partido de esos que quiebran la historia del fútbol vio al PSG pasearse con el Barcelona en el Camp Nou. El 1-4 no solo casi sentencia una llave con aroma a revancha, sino gradúa a Kylian Mbappé como nuevo número uno ante la abdicación de Lionel Messi y compañía.
    Roberto Castro | @rcastrolizarbe
    Director General

La carrera imparable comenzó en la lejana Kazán, la tierra de los tártaros. Treinta y siete kilómetros por hora para un rush de 77 metros y una advertencia seria: la de que en ese pique largo que Javier Mascherano, otro de los símbolos del Barcelona de los mejores tiempos, nunca pudo detener, se estaban gestando una abdicación y un nuevo reinado.

Aquella vez, Francia le ganó a Argentina en unos octavos de final y Lionel Messi, el-emblema del Barcelona de-todos los tiempos, agachó la cabeza ante l'enfant de moda de la Galia. Kylian Mbappé empezó a cursar la maestría que sugieren las tres primeras letras de su nombre y la culminó, con honores, dos años y ocho meses después en el Camp Nou, ese terreno hasta ahora vedado para el fútbol parisino y que cuatro años atrás, en la misma instancia, le bajó a la distancia el interruptor a la Ciudad Luz.

La razón por la que estos octavos de final se parecieron más a los de la tarde kazana de Rusia 2018 y más bien confinaron al olvido el 6-1 de 2017 tiene que ver con el mejor futbolista en ciernes de la década que comienza. Acaso el principal desafiante al trono histórico de 'O Rei' Pelé, básicamente porque también ganó una Copa del Mundo antes de los veinte y tiene tiempo para jugar al menos unas cuatro más, para buscar el triplete. Metas ya inalcanzables para un Messi ahora resignado a patear con solvencia el penal que el rival tiene a bien concederle ocasionalmente al Barça, que en ocasiones como esta más tuvo aura de handicap para que golearlo no acabe siendo tan fácil.

El sutil toque de Kurzawa a De Jong dejó serias dudas, pero Kuipers no temió señalar el penal que sugería un destino más feliz para el Barcelona. (Foto: AFP)

El PSG tomó la Ciudad Condal de cabo a rabo, de principio a fin. Es cierto que la primera mitad asistió a un ida y vuelta con vértigo por parte de sendos 4-3-2-1, en trance simpático para el telespectador. Pero los atisbos de Antoine Griezmann o del opaco Ousmane Dembélé fueron, siempre, mecanismos de respuesta, intentos de contragolpe. Y en buena medida -como en el penal cometido a Frenkie de Jong, mejor visto por el holandés Bjorn Kuipers que por cualquier cámara de TV- facultados por esta moda de bloques defensivos más ocupados de la salida que del rechazo, porque tanto Alessandro Florenzi como Layvin Kurzawa tuvieron mayor participación para lanzarse al ataque que para cuidar sus carriles.

Pero si lo de la visita atrás fue cortés con el dueño de casa, en el arco opuesto la defensa del Barcelona estuvo en modo dádiva. Lanzar al campo a Gerard Piqué después de una para de casi tres meses fue el equivalente a salir a la calle sin mascarilla. Y Clément Lenglet pareció a ratos creer que estaba jugando con la selección francesa y que el '7' de blanco era de los suyos. Como si se hubiera cambiado el sentido del joystick y él tuviera que colaborar con el ataque del PSG en sus cruces e intervenciones.

De lo demás se encargó con largueza Mbappé, quien en efecto jugó más un partido de videojuego que de fútbol carnal. Se tomó en serio su rol de protagonista del FIFA21 y desde el comienzo desparramó taquitos, rabonas, lujos. En el gol de empate ensayó un bailoteo inaudito con arrastre de balón hacia sí mismo por delante del pasmado Lenglet; en el que marcó el desnivel, cuando solo tenía que empujarla le dio al balón un efecto vistoso para asegurar que su disparo no tuviera un destino distinto de las redes; y en el que consumó la goleada, le hizo al balón una caricia tan sutil como violenta, tan simple como sofisticada, tan frontal como esquinada para meterse donde ni las arañas pueden llegar a tejer algún nido -ni mucho menos podía llegar Marc-André ter Stegen-.

Piqué jaloneando sin éxito a Mbappé: escena que resume un partido, el final de una época y el inicio de otra. (Foto: AFP)

En el camino se quedará la postal de Gerard Piqué intentando frenar el tránsito irreversible del graduando a máster del fútbol con un estéril jalón de camiseta. También la de Ronald Koeman sonriendo al final del partido, casi como si la humillación no doliera. Quién sabe si porque cuando las primeras opciones para dar una vuelta de tuerca a un partido así son Óscar Mingueza o Riqui Puig y sus respectivas tibiezas, son mejores la resignación y una pastilla para el espíritu. Hasta un crack como Miralem Pjanic parece no tener sintonía en un escenario así, mientras Francisco Trincão se pierde en dos amagues intrascendentes que con todo acaban siendo lo mejor de un presente desolador para Barcelona. Porque si la opción ofensiva para complementar a Messi es Martin Braithwaite, mejor cabe colocar un punto y aparte...

...Para cerrar diciendo que sí, Messi está hoy muy solo. Pero también que él mismo está muy lejos de un tiempo que fue hermoso y que inexorablemente pasó y se fue. No faltará quien en el intento de vender ocho días más de una industria en proceso de retiro del mercado alguna vez llamada Súper Barça fantasee con un nuevo 6-1, con un milagro más de un equipo que ya no está. Porque pocas cosas causan tanto daño en el fútbol como negarse a aceptar ciclos: esos que en el Kazán Arena comenzaron a dictar en junio de 2018 que había un cometa francés que podría llegar a ser mejor que un astro argentino, y que en el Camp Nou de febrero de 2021 han sentenciado, en un partido de esos paradigmáticos, que el nuevo roi de este deporte celebra los goles con los brazos cruzados y la mirada de Donatello, tan tortuninja como escultor del balón.

Los Goles

Fotos: AFP


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La ficha del Barcelona 1 - PSG 4

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