Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.comLa suspensión del encuentro entre Alianza Lima y Universitario generó una serie de comentarios esparcidos en la previa, que dan para reflexionar sobre cuál es el real dimensionamiento del fútbol en nuestra sociedad y cómo este refleja problemas como la violencia.
    Eduardo Tirado | @EduardoTL
    Redactor

¿Cómo y cuándo el fútbol dejó de ser solo fútbol? Nos metieron en la cabeza que el fútbol es más que un deporte. Nos bombardearon hasta el hartazgo con publicidad simpática y videos motivacionales al respecto que, finalmente, olvidamos que toda esta parafernalia tiene como meta conseguir mayor sintonía para un canal o lo que sea necesario para rentabilizar un partido; por lo que no resulta extraño que haya muchos que terminen afirmando, con gran determinación y convicción, lo inicialmente postulado, domesticados acaso, que el fútbol es lo más importante de todo. Los hinchas, por supuesto, tomaron parte fundamental de este mecanismo, no podía ser de otra manera. Así, el “más pasional” es quizás el mejor y hay que recurrir a todo, hasta la violencia, si viniera al caso, para demostrarlo. Comprendimos todo al revés: pasión y violencia por ningún lado son sinónimos.

Y sí, puede que finalmente el fútbol sea un fenómeno que rebasa claramente lo que significa un simple deporte, pero hay que darse cuenta, también, que lo hemos interpretado todo mal, como suele pasar siempre con casi todo en este lado del mundo. Reza el dicho que “el fútbol es lo más importante de lo menos importante”, pero parece que pocos en verdad lo entienden así. Llega un momento en el que lo que sucede alrededor de la práctica de este deporte supera todo y toma un protagonismo innecesario, lo que deja al balón relegado a ser lo último del espectáculo, cuando es obvio que no debiera ser así. 

Basta con fijarse en todo lo que sucedió desde el 11 de abril, día en que se anunció de que el clásico del fútbol peruano quedaba suspendido debido a que la Policía Nacional del Perú, por enésima vez, no podía ofrecer las garantías del caso para un evento de tal magnitud, aun cuando se trataba de un cotejo que solo albergaría hinchada local. El incendio en redes sociales y medios no tardó en empezar y, consigo, a señalarse culpables a diestra y siniestra. No importaba, pues, tratar de buscar una explicación de fondo a la postura de la Policía ni tratar de encontrar una posible solución a la suspensión del encuentro, sino decir que tal equipo o el otro había decidido correrse para evitar llegar en desiguales condiciones.

Mientras todos discutían esto, pocas personas seguramente pensaron en el problema de fondo: ¿por qué es necesario un alto contingente policial para este tipo de duelos? Pues porque la violencia, tan arraigada estructuralmente en nuestra sociedad, ha demostrado lo que delincuentes disfrazados de barristas son capaces de hacer con tal de arrebatar una bandera, un instrumento o una camiseta. Ni los encuentros sin hinchada rival fueron la solución, ni probablemente lo sean, ya que se siguen repitiendo las mismas canalladas incluso entre simpatizantes y facciones del mismo equipo. La violencia está tan enquistada que se ha normalizado de tal manera que parece común que se necesite un alto número de efectivos para controlar este tipo de eventos porque puede pasar lo que sea y hay que estar preparados.

Mientras periodistas, medios, hinchas y un largo etcétera de personajes trataban de dilucidar por redes cuál de los dos equipos buscaba sacar mayor provecho de la suspensión, e incluso se planteaban distintas teorías al respecto, se agilizaron los trámites para que las garantías fueran dadas y el partido pueda ser jugado; sin embargo, el debate siguió girando alrededor de las mismas fruslerías acerca de qué equipo quería jugar el partido sí o sí y cual no, desvirtuando cualquier tipo de discusión meramente futbolística y dejando el análisis en cualquier parte, menos en el gramado.

Lo cierto es que esta es una característica muy común en nuestro país y en Sudamérica, creer que partidos como estos también se juegan fuera de la cancha, y que esto influye directamente en el rendimiento que puedan tener los jugadores en el día del encuentro. Como si hubiera un sustento científico, acaso, que comprobara esta teoría, más allá de una mala costumbre adoptada por ciertos “hinchas” cada que se les provoca. Que no sorprenda, entonces, si sucede lo que al Sport Boys, donde un grupo de desadaptados decidió “tomar justicia por su propias manos” y “juzgar” de manera violenta e inaceptable a los jugadores, castigándoles a través del amedrentamiento y los golpes, mientras que se encontraban en un entrenamiento de rutina.

Más allá de un comunicado tibio por parte del club rosado, poco o nada se ha hecho por tratar de sancionar a los culpables de tamaña atrocidad, y ello no es particular de un solo equipo, sino que varios ya han recurrido a este tipo de artimañas con el afán de presionar al plantel antes de partidos importantes o situaciones límites, como si ello fuera a solucionarlo todo. La violencia como respuesta instintiva y animal, en un esfuerzo por desplazar el fútbol y colocarlo como un elemento secundario, no ha hecho más que terminar socavando al mismo deporte, rodeándolo de anticuerpos para aquellos que de verdad quieren aportar a sus equipos y apoyarlos de manera correcta, alentando pacíficamente o colaborando económicamente con el club.

El viernes 12, después de varias negociaciones y conversaciones, finalmente se confirmó que el duelo entre blanquiazules y cremas se celebrará este 15 de abril en el Alejandro Villanueva, despejando así todo tipo de señalamientos, teorías conspirativas y demás. Como aseveró un periodista después de la noticia: ¡Por fin podemos hablar de lo que verdaderamente importa, de fútbol! Y es que se habló de todo en la previa menos de fútbol, que casi hasta podría decirse que este pasó desapercibido. Al parecer, muchos olvidan de que el partido inicia y termina con el pitazo del árbitro, y que lo extra futbolístico no debe opacar el espectáculo que un encuentro de tal envergadura representa y puede ofrecer como producto.

Claro, en el país donde se aplaude el invadir el gramado en un torneo internacional, donde se justifica que los “hinchas ajusten” al equipo, donde se celebra una agresión como si fuera un gol que otorga el campeonato, donde los dirigentes abusan a placer de jugadores según las circunstancias que se les presenten, no debería ser sorpresa que se suspenda un encuentro y se retracten de ello al día siguiente. Lo que menos, que en las antípodas se hable de cualquier tema excepto de fútbol cuando de un duelo tan importante se trata. Total, había un deporte que antes se jugaba con los pies y que ya no es más así, sino ahora estaríamos discutiendo de tácticas y de posibilidades estratégicas para la noche del lunes, en lugar de seguir preguntando quién quiso suspender el encuentro o quién no, y debatiendo o esclareciendo rumores vertidos en redes sociales. Mientras, continuarán las peleas fútiles al respecto, y seguirán desfilando los fracasos internacionales, cegados por tratar de demostrar qué equipo es mejor que el otro, mientras que nuestro alicaído fútbol sigue cayendo en picada y devaluándose año tras año, perdiendo real competitividad y el poco atractivo que aún algunos se esmeran por encontrarle, muchas veces, seguramente, sin recompensa.
 

Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.com


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