En 1997, EMELEC ya le había amargado a Alianza Lima un estreno de temporada en la capital peruana. Esa vez el resultado fue un empate 3-3, aunque a la postre aquel equipo de Jorge Luis Pinto alcanzaría la gloria tras llevar el título a Matute luego de 19 años.

La última vez que EMELEC pisó Lima para jugar un partido amistoso contra Alianza Lima -por torneos oficiales, lo enfrentaría en la Copa Libertadores 2000- fue al inicio de una temporada especialísima para los recuerdos íntimos: 1997.

Secuencia del gol que César Rosales convirtió para Alianza en el empate ante EMELEC en la presentación íntima en la temporada 1997. Fue el 1-1 parcial (Recorte: El Bocón, 12/02/97 p. 11)El 11 de febrero de aquel año, en el estadio Nacional, los íntimos efectuaron su presentación oficial para la temporada, pese a que ya habían afrontado tres amistosos previos (uno contra Melgar en Arequipa y dos con El Nacional de Quito, tanto en la capital ecuatoriana como en el Mansiche de Trujillo). Como Alianza acostumbró durante los noventa, el show fue con fuegos artificiales, concierto musical, salida de los jugadores uno por uno bajo un halo luminoso y partido internacional de fondo. El técnico Jorge Luis Pinto, en ese momento resistido por la prensa y la hinchada por sus choques con algunos referentes íntimos -acababa de dejar fuera del plantel a ‘Kanko’ Rodríguez y se especulaba que ‘Balán’ Gonzales seguiría sus pasos-, fue víctima de una sonora silbatina.

EMELEC era dirigido por un hombre identificado con la camiseta eléctrica, Carlos Torres Garcés. Trajo entre otros, al portero José Francisco Cevallos, al zaguero Augusto Poroso (quien militó en Alianza la temporada pasada) y dos atacantes de fácil recordación para el aficionado peruano: Ariel Graziani y Carlos Juárez. Ambos nacidos en Argentina, ambos nacionalizados ecuatorianos. Para 1997, el primero ya era conocido en el medio: había vestido las camisetas de Sport Boys y Ciclista Lima antes de marcharse al norte para llegar al seleccionado tricolor y jugar las Eliminatorias rumbo a Francia ’98. El ‘Cuqui’ Juárez, en cambio, se daría a conocer tres años después, en el Apertura 2000, cuando marcó 12 goles con la camiseta de Sporting Cristal, que no lo pudo retener más de un semestre debido a su alta cotización.

Lo concreto es que ambos delanteros fueron protagonistas de la noche al convertir los tres tantos emelecistas. Juárez convirtió el primero con un cabezazo a los 9’, pero Alianza llegó al empate 20’ después mediante un zurdazo impecable de César Rosales. No hubo tiempo para respirar, porque apenas un minuto después, a los 30’, Graziani aprovechó una grosera -típica- falla de Frank Ruiz para volver a poner a EMELEC adelante. El 2-2 parcial llegó con este polémico tanto de Marcelo Bujica para Alianza, aparentemente convertido con la mano (Recorte: El Bocón, 12/02/07 p. 10)Sobre el final de la primera parte, a los 44’, los íntimos volverían a empatar, a través del brasileño Marcelo Bujica, en una dudosa jugada que los ecuatorianos reclamaron como una posible mano del atacante blanquiazul.

En la segunda fracción las acciones se hicieron más intensas. Sin llegar a convencer, los íntimos pasaron por primera vez adelante con un remate desde fuera del área del ‘Churre’ Paulo Hinostroza a los 70’; pero EMELEC reafirmaría su carácter aguafiestas y otra vez requeriría solo un minuto para igualar el partido, merced a un nuevo cabezazo de Juárez. Alianza, que presentó a José Luis Reyna -habitual lateral derecho- como volante de marca debido a que Juan Jayo y Juan Carlos Bazalar estaban con la selección peruana que al día siguiente, 12 de febrero, disputaría en Asunción un cotejo eliminatorio ante Paraguay, se terminaría yendo en medio del sinsabor de su hinchada.

Este es el recuerdo del inicio de la campaña 1997 para Alianza, quizá apolillado en el tiempo por aquella memoria que todos en Matute evocan: la del final de ese año, la de la vuelta olímpica contenida durante 19 años. Hoy, once temporadas después, EMELEC volvió a amargar un inicio de calendario a los íntimos; quisieran en La Victoria que las casualidades se repitan también al final de la historia.

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