Composición fotográfica: Aldo Ramírez / DeChalaca.comEl 27 de marzo de 1967, Emilio Lafferranderie, El Veco para todos, protagonizó uno de los episodios que más marcaron su vasta carrera periodística y que motivaron acaso su mejor crónica: el día en el que estuvo cerca de morir junto con todo el plantel de Racing Club, a la postre campeón de la Copa Libertadores de aquel año, cuando el avión en el que viajaban casi se estrella en Colombia.
    Alonso Cantuarias | @alonso_cantu
    Redactor

“Porque quiero ser más auténtico que nunca. Quiero ser más espontáneo que nunca. Que comprenda mi boca reseca, mi pecho sin nada, vacío, mis manos entrecruzadas, mi cabeza clavada en el respaldo del asiento de adelante, entregado ya, en la misma actitud que adoptaban los antiguos para aguardar el hachazo del verdugo”.

Con estas palabras, Emilio Lafferranderie invitó al lector de su crónica “El viaje terrible” a que se pusiera por un momento su piel de gallina, a que experimentara siquiera por un atisbo el miedo que sintió al ver cara a cara a la muerte, completamente indefenso y sin nada más que hacer que esperar su hora. Con estas palabras El Veco quiso retumbar los sentidos de quienes pusieron la vista en un escrito que se llevó parte de su alma y cuerpo… Como bien dijo años después, tuvieron que ponerle cuatro by pass para controlar todas las emociones que sintió su corazón en aquel viaje, que en un inicio fue terrible pero que lo terminaron llevando a la eternidad por la calidad de su pluma.

Todos abordo

La tormenta no se da de un momento a otro. Todo partió con la clasificación de Racing Club a la Copa Libertadores de 1967. ‘La Academia’ fue ubicada en el Grupo 2 junto con River Plate, los colombianos Independiente de Medellín e Independiente de Santa Fe y los bolivianos Bolívar y 31 de Octubre. 

Tras un debut auspicioso luego de derrotar por 2-0 a River, el cuadro albiceleste no pudo sostener su rendimiento y cayó en su visita a La Paz por 3-0 ante el 31 de octubre. Es así como viajó a Colombia con la necesidad de sumar puntos ante Independiente de Medellín, rival al que derrotó el 26 de marzo por 0-2 con goles de Norberto Raffo y Humberto Maschio. En aquel cotejo, Emilio Lafferranderie no solo fue un espectador del cotejo sino que acompañó a la delegación argentina durante su periplo. Justamente, para el día siguiente del partido estaba previsto el traslado del plantel y sus acompañantes, entre ellos El Veco, a Bogotá, con un vuelo de línea de Avianca que haría escala en Medellín. No obstante, una tormenta hizo que el avión no aterrizara.

 Plantel de Racing Club que en 1967 se salvó de morir en un vuelo de Bogotá a Medellín. (Recorte: revista Equipo)

En medio de la molestia de los jugadores, cuerpo técnico y dirigentes, surgió la propuesta de utilizar un avión DC4 a hélice de la empresa SAM que se encontraba en el hangar del aeropuerto. Este era un avión más pequeño que los de Avianca, con capacidad para un poco más de 30 pasajeros, pero se trataba de un vuelo breve, por lo que la propuesta fue aceptada con prontitud ya que la tormenta amenazaba con la cancelación total de vuelos. Ninguno de los pasajeros imaginó la odisea que vivirían en cielo colombiano y que estuvo a poco de hacerlos cruzar el umbral que separa a la vida del más allá.

Miedo en las alturas

En principio el vuelo del DC4 estaba previsto para 40 minutos. Pero la travesía duró más de noventa. Si bien el avión despegó sin problemas, a los pocos minutos el vaivén se hizo cada vez más fuerte e insoportable en medio de la lluvia y los truenos. Las risas y conversaciones se convirtieron en un sepulcral silencio y luego en gritos una vez que empezara una caída libre que parecía no tener fin. 

Los pilotos hablaron de un pozo de aire. Nosotros lo estimamos como un pozo de muerte, como un abismo demasiado profundo, como una ancha fosa demasiado abierta. Un sacudón tremendo, horizontal, que hizo caer los paquetes de los guardaabrigos. Un sacudón tremendo, horizontal, que hizo que la máquina de escribir que teníamos debajo de los pies apareciera de golpe sobre las rodillas del profesor Ojeda. Un sacudón tremendo que desató el pánico. Un sacudón tremendo que hizo gritar a (Juan Carlos) Rulli, que bañó en lágrimas el rostro de (Agustín) Cejas, que llevo a (Norberto) Raffo a tener una medalla entre los labios, mientras nos clavaba los ojos, quizá pidiéndonos una seguridad que también nos entraba a faltar, que ya nos igualaba a todos.

(…)

Y en seguida la caída. Y en seguida esa sensación del desastre. Gritaron las azafatas. Y todo aquel que ha viajado en un avión sabe cuánto significa el grito de una azafata: adiós a la obligación de sonreír, adiós a su manual de optimismo, adiós a su paso sin apuro, firme, reconfortante en los momentos de duda, adiós a la bandeja de caramelos que siempre distribuye como quien reparte pequeñas cuota de tranquilidad. Adiós a su uniforme, quizá adiós a la vida. Una de ellas se levantó a un metro de nuestra posición y pegó con la cabeza en el techo del avión, como si una mano de cíclope la hubiera tomado de sus cabellos morenos. Y en seguida la caída. ¿Cuántos metros?... ¿1,000…800…600?

(…)

Celebración de uno de los goles de Racing ante Independiente Medellín, antes del dramático periplo en el vuelo que le pudo costar la vida a todo el plantel de la 'Academia'. (Recorte: revista Equipo)Y entonces clavamos la cabeza contra el respaldo y nos resignamos. De nada valía la fuerza de nuestros brazos. De nada valía nuestra supuesta inteligencia, que en aquel instante servía lo mismo que la sinrazón de un idiota. De nada valían nuestras vanidades, reducidas a cero. De nada valía nuestra supuesta fuerza interior, tan insignificante como esa mosca que se había posado sobre el abrigo. De nada valía. Solo podíamos abrazarnos a un milagro, a una última esperanza que podría venir de otro mundo, de fuerzas incorpóreas que tantas veces dejamos de lado, pero que convocamos como el más devoto de los mortales, con la especulación más urgente que surge de verle la cara al miedo.

Todo el avión se llenó de plegarias. Todos especulamos, sí, especulamos, con la cita del santo que pudiera acudir en nuestra ayuda. Allí medimos al fin, la exacta dimensión de nuestra pequeñez frente al mundo, hundidos los hombros, vencidos los brazos, agotada la mente. Allí desfilaban los seres queridos. Allí desfilaban los amigos. Allí se iba la vida. Allí nos preparábamos para recibir a la muerte.

Según el testimonio de los jugadores fueron segundos eternos de espanto, en los cuales la caída era interminable pero que terminó como empezó: intempestivamente. De repente la nave se estabilizó y el viaje se hizo de nuevo horizontal, con el ruido de los motores abriéndose paso en medio de la tempestad del clima.

A los 20 minutos, el aterrizaje en el aeródromo “El Dorado” de Bogotá fue normal. Tras el descenso a tierra de la delegación de Racing y sus acompañantes, los abrazos no se hicieron esperar así como las historias en torno a este episodio, siendo una de las más llamativas esta crónica de El Veco que terminó del siguiente modo:

“El avión se detiene sobre la pista de El Dorado. La puerta se abre. Ya estamos en Bogotá. Ya estamos en tierra. Ya se fueron las especulaciones. Ya otra vez nos sentimos fuertes. Ya nos abrazamos como los eufóricos vencedores que regresan a la batalla. Ya tenemos tiempo para mirar esa cintura de avispa que se recorta a lo largo del pasillo. Ya tenemos un vaso de whisky en las manos. Ya nos sentimos seguros, infranqueables, dueños absolutos de este pedazo de tierra que soporta nuestra anatomía. Ya nos reímos. Ya queremos llenar de aire los pulmones. Más whisky… Más sonrisas… Más abrazos. ¡Qué pequeños somos!"

Pero qué grandes que terminaron siendo. Y es que Racing se terminó coronando campeón de aquella Libertadores de 1967 mientras que El Veco terminó por erguir e inmortalizar su pluma no solo en las orillas del Río de La Plata sino también en tierras peruanas, donde a 50 años de esta crónica se sigue echando de menos su forma de hacer periodismo.

Recortes: revista Equipo

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